domingo, 9 de noviembre de 2008

ESCENAS ELIMINADAS DE CELEBRACION OSCURA (SAGA OSCURA)

• Primera Escena: "El Baile de Dimitri y Skyler en la posada"

Skyler echó un vistazo a través de la habitación y encontró unos ardientes ojos del color del hielo. Su corazón revoloteó en respuesta. Quiso apartar la mirada, pero sólo podía permanecer quieta, hipnotizada, sintiendo el calor de su mirada, y viendo cruda hambre en las profundidades de sus ojos. Recobró el aliento en su garganta y su mano fue al colgante oculto bajo su blusa. Lo sacó, rodeando con los dedos el pequeño lobo de ojos azules, sosteniéndolo en la palma de la mano. Inmediatamente se puso caliente, y para su asombro, sintió unos labios presionar el centro exacto de su palma.No podía abrir la mano o apartar la mirada. Sólo podía mirar indefensa como el hombre se levantaba con gracia del taburete y cruzaba la habitación hacia ella.

Él se movía sin prisa, los músculos tensándose, fluido y elegante, cada línea de su cuerpo exudando poder. Su largo pelo negro apartado de la cara, acentuando los rasgos tallados, la mandíbula fuerte, masculina. La mirada de ella se desplazó a su boca y luego volvió a sus gélidos ojos. Por todas las partes en que sus ojos de color extraño la tocaron, su piel se caldeó. Dimitri le ofreció su mano.

— Un baile, pequeña. Nada más. Tendrá que durarme mucho tiempo. Ella podría ver la triste soledad en sus ojos, pero su cara era una máscara inexpresiva. Vaciló, queriendo darle ése regalo. Era Navidad, después de todo, y él no estaba pidiéndole mucho.

— Tengo problemas para tocar a la gente —admitió ella—. Puedo sentir sus emociones y conocer sus pensamientos. Es incómodo.

— Curé tus manos antes, Skyler, y no tuviste ningún problema. Puedo bloquearte sin mucho esfuerzo y eso resolverá el problema. —Él le tendió la mano, la palma hacia arriba, simplemente esperándola. Su irresistible mirada nunca se apartó de ella. Ella dio un paso más cerca del calor de su cuerpo. A su alrededor, la gente se apiñaba, pero ella era ajena a todo menos a él. Sujetando el colgante como si fuera un hechizo capaz de romper la magia -un talismán sagrado- su pulgar acarició la cabeza del lobo, deslizándose sobre la peluda cabeza para acariciar los ojos azules. Los zafiros eran exquisitos, impecables y diminutos, un raro hallazgo hecho por un verdadero tallador siglos antes, como el colgante mismo. Ella sintió su poder -su protección- de todo excepto de ese hombre. Sus dedos tocaron los de él. El calor subió por su brazo, arremolinándose en la boca de su estómago y se extendido por su cuerpo hasta que se caldeó vergonzosamente. Antes de que pudiera retirar la mano, los dedos de él se cerraron sobre los suyos y con una ternura que le robó el aliento, la atrajo contra él y acercó su cuerpo rozando el suyo. Él se sintió caliente. Duro. Seguro. Peligroso. Todo mezclado en su interior. Skyler tragó con fuerza y se movió con él, su corazón latiendo tan ruidoso que atronaba en sus oídos.

— Relájate —él respiró la palabra en su oído, su aliento provocando sus sentidos, sus labios deslizándose por el lóbulo de la oreja—. No te seduzco, pequeña, sólo bailo contigo.

Pero él podría seducirla. Ella lo reconoció en el momento en que estuvo en sus brazos. Su cuerpo ya no le pertenecía. Sus brazos se sentían como un refugio, sin embargo su cuerpo reaccionaba con urgente necesidad. Era imposible controlar su respuesta a él. A pesar de todas sus protestas, a pesar de todos sus miedos, comprendió que ese hombre controlaba más que su propio destino, controlaba el de ella. Si él hiciera más que tratarla con cuidado -como hacía- podría estar perdida, tragada por la atracción magnética de los compañeros, la necesidad de estar con él sin importar lo que ella sintiera, sin importar el coste personal. No tendría necesidad de amarlo, pero tendría que estar con él. La lágrimas manaron. Él deslizó los dedos en su pelo, le presionó la cabeza hacia él, de modo que su reacción estuviera escudada por su pecho, de modo que las lágrimas cayeran sobre su camisa en lugar de resbalar por su cara. No nos he atado. Su voz terciopelo suave susurrado en su mente. Estás a salvo de mí, Skyler. Ella negó con la cabeza. ¿Cómo podría estar a salvo? ¿Cómo podría vivir sabiendo que él sufría debido a sus insuficiencias? Dimitri vivía en un mundo de violencia y era realmente un hombre peligroso, sin embargo con ella, era muy tierno y amable. Pero no era real. Bajo la capa de civilización, ella vislumbraba un hombre que la asustaba, tan seguro en un mundo donde la supervivencia realmente era del más fuerte. En un mundo de matar o morir él estaba cómodo y ella nunca podría estarlo.

Olvida el futuro y el pasado. Vive conmigo ahora, en este momento. La tentación se filtró en su mente... su corazón. Dimitri la movió en sus brazos, sosteniéndola con mucho cuidado, su cuerpo conduciéndola con un ritmo elegante. Ella respiró y se dejó llevar, se permitió hundirse en él, en su calor y su cuidado.



• Segunda Escena: "Doble dolor de cabeza para Gregori"

Savannah se sentó en medio del suelo, con las piernas cruzadas, sollozando. El corazón de Gregory se detuvo en su pecho. Savannah llorando era como si le arrancaran el corazón. Savannah sollozando era aterrador.

Gregory se deslizó por la habitación para sentarse al lado de ella, envolviéndola en sus brazos, atrayéndola contra el refugio de su cuerpo.

— ¿Qué es? ¿El bebé? —Su palma encontró el pequeño montículo de su estómago y cubrió a su hijo protectoramente.

Intentó inmovilizar el temor que fluía a través de él, ya su mente se estiraba para encontrar a su hijo y asegurarse de que estuviera perfectamente sano. No podían perder este bebé. Como sanador estaba haciendo todo lo que sabía para estar seguro de que este niño sobreviviera, pero la verdad era que la naturaleza estaba en contra de ellos. Savannah ya había estado teniendo unos pocos problemas. La mantenía tumbada tanto como fuera posible, y no se lo habían contado a sus padres, no hasta que estuvieran seguros que podría llevarlo.

Tocó al bebé ligeramente, enviando un calor calmante, una suave pregunta. Estaba tan impresionado que se impulsó de vuelta a su propio cuerpo, algo que no había sucedido en siglos. Le frunció el ceño a Savannah.

Ella alzó la mirada y asintió, mordiéndose el labio nerviosamente. El sacudió la cabeza y se puso de pie de un salto.

— Esto no está sucediendo —rastrilló ambas manos por su largo pelo con agitación—. No me hagas esto, Savannah.

Sus lágrimas pararon instantáneamente y le miró.

— ¿Hacerte? ¿Estoy haciéndote esto? Tú me lo hiciste a mí —se estiró hacia la encimera para ponerse de pie.

Gregory estuvo allí antes que ella, agarrándola por la delgada cintura y poniéndola de pie, aunque la sentó muy suavemente. Ella le empujó.

— ¿Gemelos? ¿Esperas que trate con gemelos? —Preguntó—. Estaba esperando un niño.
Ella parecía ultrajada.

— Estabas esperando un niño. Estoy llevándolos, tu gran idiota. Mírame. Todos van a saber que estoy embarazada en el minuto en que me vean. Voy a ponerme como una casa en otro mes.

— No si no estuvieras llevando gemelos.

Sus ojos despidieron fuego. Estaba considerando expulsarle llamas como un dragón. El no iba a darle ninguna simpatía y ella no sabía ninguna cosa sobre niños, mucho menos teniendo dos de ellos a la vez.

— Otra vez, esto es tú culpa, no mía. No produje dos huevos.

El cruzó los brazos en su pecho y la miró desde su superior altura.

— Son hembras.

— Eso absolutamente es con toda seguridad tu culpa. El hombre determina el sexo. —Indicó Savannah triunfante.

— Bien, este hombre no. Desari fue una casualidad. Ella es la única mujer nacida en nuestra familia y nuestro padre era viejo. Y cansado.

Los ojos de Savannah se abrieron de golpe.

— Voy a decirle a Desari que la llamas casualidad. Y que lo haces sonar como si ella fuera alguna clase de aberración.

— Por supuesto que no es una aberración. Sólo estoy diciendo que mi padre era muy mayor cuando ella fue concebida...

Ella se puso las manos en las caderas, su ceño más profundo.

— Pensaba que querías que cada mujer embarazada tuviera niñas. Dijiste que las necesitábamos desesperadamente. Se supone que esto es una buena cosa.
El negó con la cabeza.

— Todos los otros Carpatianos pueden tener niñas. Suponía que yo tendría hijos. No estoy equipado como padre de hijas.

— Bien, entonces. Lo has averiguado. Tuve un affaire y las niñas no son tuyas. Te dejo y me voy con su padre. Él las amará y querrá a pesar de su sexo.

Por un momento hubo un mortal silencio en la casa, las paredes se expandieron con el súbito influjo de poder. El aire se espesó alrededor de ellos. Savannah parecía pequeña y frágil, su largo pelo caía hasta la cintura, sin estar intimidada por su enfado. El estaba perdiendo su toque. La acechó a través de la habitación, cada paso deliberado, sus ojos planos y fríos, su boca inflexible. Ella no retrocedió.

Gregori la alcanzó, envolviendo un brazo alrededor de su cintura y arrastrándola contra sí.

— Muéstrame al hombre y le romperé el cuello —la besó suavemente, permitiendo que su amor fluyera a través de él sobre ella—. Nuestras hijas no necesitan otro padre para quererlas. Temo que serán amadas tanto que se inquietarán por su libertad, la cual nunca conseguirán. Tú, por otro lado, estabas lo bastante distraída como para parar de llorar.

Savannah se estiró con sus brazos esbeltos y atrajo su cabeza hacia ella.

— Eres terrible.

Pero le besó como si fuera el hombre vivo más maravilloso.




• Tercera Escena: "La Magia de Syndil"

Barack observaba las ennegrecidas ruinas del campo de batalla. Los vampiros habían reducido la una vez hermosa tierra a humo y cenizas. Los árboles lloraban venenosas lágrimas que goteaban y corrían por los retorcidos troncos. Frágiles ramas habían sido arrancadas dejando dentados tocones a lo largo de los agrietados y sangrantes troncos. Debajo, sobre la tierra despojada de todo verde, se extendían las ramas rotas como guerreros caídos.

Una mujer solitaria andaba con los pies desnudos en medio de la matanza, los brazos extendidos, la cabeza vuelta, alzando la vista a las pesadas nubes cargadas de nieve. La masa de largo pelo voló a su alrededor como una capa de seda, acariciando sus caderas esculturales con cada paso que daba. Llevaba una sencilla falda que revoloteaba y una breve blusa de campesina, sin embargo parecía una reina mientras se movía por la tierra estéril. Detrás de ella, como una alfombra brillante de esperanza que se destacaba crudamente contra la devastación, en cada impresión de su pie, verde hierba y diminutos brotes brotaban a través del suelo ennegrecido.
El viento llevó el sonido de su voz, suave y melódica, mientras su cántico convencía a la tierra para dejar surgir nueva vida. Comenzó a balancearse con el ritmo de su canción, sus pies siguiendo un modelo secular conocido sólo por las mujeres de su linaje. Sus manos tejiendo un intrincado diseño lleno de gracia en el aire y con cada ráfaga el viento susurraba a través de las hojas marchitas y respiraba vida en ellas.

Barack contuvo el aliento mientras miraba a Syndil realizar el baile de curación sobre la tierra llena de cicatrices, su corazón llevando el ritmo de la música, el pulso atronando en sus oídos. Ella era hermosa. Etérea. Era una leyenda cobrando vida, moviéndose con tal gracia y belleza por la completa devastación de la tierra que el contraste iluminaba la lucha entre la vida y la muerte y el bien y el mal.

Syndil parecía ajena al grupo de observadores, pero Barack era sumamente consciente de ellos, del temor en sus caras, el respeto y la conmoción. Había tal poder en su magia femenina. Los machos de su especie eran guerreros, oscuros y peligrosos, gobernando las tormentas, usando el relámpago, con todo sus mujeres tenían tal influencia en la armonización del universo. Ellas fueron reunidas también, permaneciendo hombro con hombro con los hombres. El viento alborotaba sus cabellos y, cuando una ellas dio un paso adelante, levantaron los brazos y se balancearon al ritmo de Syndil. Desari alzó su voz primero, su canción elevándose para mezclarse con el cántico de Syndil. Las palabras antiguas, a diferencia de los sonidos más guturales del cántico de curación, eran una mezcla de melodías agradables al oído.

Una a una las otras mujeres participaron, hasta que el bosque resonó con su canción, ayudando al poder de Syndil, de modo que la energía crujiera en el aire alrededor del campo ennegrecido. Nuevos brotes aparecían aún más rápido, las hojas en los árboles surgían en vibrantes matices de verde. Sus pies encontraron el patrón del baile de Syndil y el movimiento lleno de gracia de sus manos, y se movieron en un círculo alrededor del área donde ella trabajaba, todo el tiempo alimentándole con su fuerza.

Los hombres formaron un círculo más estrecho de protección, los ojos cautelosos buscando en el interior del bosque que los rodeaba, admitiendo las cimas de los árboles y la tierra donde Syndil realizaba lo que llegaba a ser un milagro.

Barack casi omitió la leve elevación del suelo, como algo siniestro siguió a Syndil con cautela, moviéndose bajo la superficie, haciendo subir la suciedad unos pocos centímetros. ¡Syndil! ¡Detrás y debajo de ti! La llamó por el camino más íntimo, sabiendo, hasta cuando tomó aire, que ella nunca oía a nada o a nadie cuando curaba la tierra.

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